sábado, 26 de septiembre de 2015

LOS TRAUMAS TAMBIÉN SE HEREDAN



Esta es una historia real (el nombre es ficticio). 

Marío estaba de vacaciones con su mujer en Galicia. 

Debe ser cierto que el color verde relaja porque el paisaje de los prados que podía ver a través de la ventanilla del coche eliminó el estrés acumulado durante su último curso de carrera. 

La excursión de ese día les llevó a encontrarse, de manera inesperada, con una exhibición de cazas militares. Su mujer, que era quien conducía, dirigió el coche hacia la zona que sobrevolaban los aviones para verlos de cerca. A medida que se aproximaban, Marío se sintió invadido por una ansiedad que por momentos se convertiría en pánico. El ruido de los motores desencadenó un malestar irracional y la necesidad de salir de allí a toda prisa. 

En cuanto los aviones quedaron atrás, la inquietud desapareció. 

Siempre pensó que aquello debía tener relación con alguna mala vivencia infantil, ya que se crió cerca de donde hacían las pruebas de los motores del Concorde. Lo extraño era que esto no le hubiera pasado antes en los aeropuertos. 

Veinte años después, una investigadora americana, Rachel Yehuda, experta en psiquiatría y estrés postraumático, que había estado estudiando el estrés en los hijos de los supervivientes del holocausto y un profesor, en Edimburgo, interesado en los efectos del estrés de mujeres embarazadas sobre sus hijos, se unieron para observar cómo iba a afectar la tragedia vivida el 11 de septiembre a los hijos de las madres que se encontraban cerca de la Torres Gemelas cuando ellos aún se encontraban en el útero. 

Las conclusiones fueron que las madres que desarrollaron estrés postraumático estando en los últimos 3 meses de embarazo tuvieron niños con niveles de cortisol (la hormona del estrés) alterado. Por éstas y otras investigaciones anteriores, tienen claro que la memoria de un suceso traumático puede trasmitirse al feto y que éste sufrirá las consecuencias al nacer. 

Y este mes de agosto, tras años investigando el efecto transgeneracional del estrés, la profesora Yehuda ha encontrado que los traumas sufridos, tanto por los padres como por las madres, producen cambios en los controladores de la expresión de sus genes y que estas alteraciones pasan a sus hijos y a sus nietos. Ya no se trata de los efectos directos sobre el feto, hablamos de que los TRAUMAS SE HEREDAN. 

La casa de la madre de Mario fue bombardeada cuando tenía 3 años. Fallecieron dos hermanas de su madre, su bisabuela y una amiguita. Su madre quedó mal herida pero superó esa tragedia como tantos otros niños víctimas de la guerra. El ataque lo lanzaron aviones que llevaban sirenas que solo se activaban cuando realizaban un vuelo, casi en picado, antes justo de lanzar las bombas. Las personas que recuerdan el ataque nunca habían visto un avión, era el año 1938 en un pequeño pueblo español. La visión de esas máquinas voladoras les sorprendió, el silbido de las sirenas les marcó para siempre, a ellos, y tal vez a sus hijos y nietos. 

Cuando Mario oye determinados sonidos como el de los aviones militares, algunas de sus células segregan sustancias como la adrenalina o el cortisol, que son las responsables del estrés que siente. Estas hormonas se producen solo cuando sus genes son estimulados para expresarse. La cuestión es si éstos aprendieron a hacerlo en su momento y le fueron transferidos con la capacidad de reaccionar en determinadas circunstancias. 

No puedo asegurar que exista relación entre la reacción de Mario y lo ocurrido cincuenta años atrás en la casa de su familia, pero me servirá para introducir el tema de la EPIGENÉTICA, una ciencia que explica, cómo, el medio ambiente (alimentación, tabaco, hábitos de vida en general, estrés o hambre) puede modificar componentes del material genético y hacer que los descendientes se vean afectados por estos cambios o marcas durante algunas generaciones, hasta que se “borran”. 

Por poner un ejemplo: existe la posibilidad de cambiar el pelaje de los ratones variando la alimentación de sus madres gestantes. El gen “agouti” es sensible a algunos componentes de la dieta, de modo que en función de cómo sea ésta, las crías pueden ser marrones, amarillas o moteadas. Cuando se suplementa a hembras preñadas con ácido fólico y vitamina B12, el pelaje es principalmente marrón, mientras que cuando la alimentación no se enriquece con estas vitaminas, es amarillo. 

La dieta de nuestros padres o abuelos puede hacer que heredemos un material genético que nos predisponga a tener un mayor o menor riesgo a sufrir determinadas enfermedades, la buena noticia es que, a la vez, los propios hábitos pueden modificar dicho riesgo. 

Y siguiendo con la cadena, nuestros hábitos dietéticos influirán en nuestros descendientes, tanto si somos mujeres como hombres. Todo ser humano recibe la misma cantidad de material genético de su padre que de su madre (casi, para ser exactos), que se parezca más a uno que a otro depende de algo que aún desconocemos. 

Y hablando de traumas y pensando en música, qué mejor que recordar la película El Piano, otra obra maestra del cine. La música es de Michael Nyman, un genio de la música minimalista.